Vivencias Ciudadanas: Derechos adquiridos no se negocian

Escrito el 08/06/2026
TEODORO LAVÍN LEÓN

En los últi­mos días ha comen­zado a cre­cer la preo­cu­pa­ción entre miles de tra­ba­ja­do­res jubi­la­dos y pen­sio­na­dos del estado ante la posi­bi­li­dad de que, bajo diver­sos argu­men­tos admi­nis­tra­ti­vos y finan­cie­ros, se pre­tenda modi­fi­car las con­di­cio­nes bajo las cua­les reci­ben las pres­ta­cio­nes que obtu­vie­ron des­pués de déca­das de ser­vi­cio público. Lo más grave no es sola­mente la inten­ción de hacerlo, sino las ver­sio­nes que cir­cu­lan res­pecto a pre­sio­nes ejer­ci­das sobre diri­gen­tes sin­di­ca­les para con­ven­cer­los de acep­tar medi­das que afec­ta­rían direc­ta­mente a quie­nes ya con­clu­ye­ron su vida labo­ral. La situa­ción resulta espe­cial­mente deli­cada por­que habla­mos de per­so­nas de la ter­cera edad que dedi­ca­ron treinta, treinta y cinco o hasta cua­renta años de su vida al ser­vi­cio de las ins­ti­tu­cio­nes públi­cas. Durante ese tiempo cum­plie­ron con sus obli­ga­cio­nes, apor­ta­ron al sis­tema y cons­tru­ye­ron una expec­ta­tiva legí­tima de retiro basada en las leyes vigen­tes al momento de obte­ner su jubi­la­ción. Por eso resulta difí­cil com­pren­der que ahora algu­nos fun­cio­na­rios pre­ten­dan pre­sen­tar como una solu­ción finan­ciera lo que, en rea­li­dad, podría con­ver­tirse en una vul­ne­ra­ción de dere­chos adqui­ri­dos. Las pen­sio­nes no son una con­ce­sión gra­ciosa de nin­gún gobierno ni un favor que se otorga dis­cre­cio­nal­mente. Son el resul­tado de años de tra­bajo, de apor­ta­cio­nes y del cum­pli­miento de requi­si­tos esta­ble­ci­dos por la ley. La dis­cu­sión jurí­dica es clara. En nues­tro sis­tema cons­ti­tu­cio­nal existe el prin­ci­pio de irre­troac­ti­vi­dad de la ley, esta­ble­cido para pro­te­ger pre­ci­sa­mente a los ciu­da­da­nos frente a deci­sio­nes que pre­ten­dan modi­fi­car situa­cio­nes ya con­so­li­da­das. Nadie puede ser pri­vado de dere­chos obte­ni­dos legí­ti­ma­mente mediante dis­po­si­cio­nes que apa­rez­can des­pués de que dichos dere­chos fue­ron reco­no­ci­dos. Los jubi­la­dos sos­tie­nen que cual­quier intento de apli­car des­cuen­tos, o modi­fi­ca­cio­nes que reduz­can los bene­fi­cios ya otor­ga­dos, cons­ti­tui­ría una vio­la­ción a ese prin­ci­pio fun­da­men­tal. De acuerdo con diver­sos líde­res sin­di­ca­les, exis­ten fun­da­men­tos lega­les sufi­cien­tes para defen­der las pen­sio­nes en los tér­mi­nos en que fue­ron con­ce­di­das ori­gi­nal­mente. Más allá de los tec­ni­cis­mos jurí­di­cos, existe tam­bién una dimen­sión moral que no puede igno­rarse. Los gobier­nos cam­bian cada tres o seis años. Los fun­cio­na­rios lle­gan y se van. Los pro­yec­tos polí­ti­cos apa­re­cen y desa­pa­re­cen. Pero quie­nes hoy están jubi­la­dos entre­ga­ron gran parte de su vida al ser­vi­cio del Estado. Muchos tra­ba­ja­ron cuando las con­di­cio­nes labo­ra­les eran mucho más difí­ci­les que las actua­les. Otros desem­pe­ña­ron fun­cio­nes esen­cia­les en edu­ca­ción, salud, segu­ri­dad o admi­nis­tra­ción pública. Gra­cias a ese esfuerzo, las ins­ti­tu­cio­nes pudie­ron fun­cio­nar durante déca­das. Que se inves­ti­gue si los dife­ren­tes miem­bros del Con­greso hicie­ron mal su tra­bajo, y entre­ga­ron jubi­la­cio­nes fan­tasma o que no cum­plian con los requi­si­tos, pero no tie­nen por qué pagar jus­tos por peca­do­res. Por eso preo­cupa que algu­nos ser­vi­do­res públi­cos parez­can más inte­re­sa­dos en encon­trar recur­sos finan­cie­ros a costa de los sec­to­res más vul­ne­ra­bles que en com­ba­tir las ver­da­de­ras cau­sas de los pro­ble­mas pre­su­pues­ta­les. Es mucho más sen­ci­llo afec­tar a quie­nes ya no tie­nen la fuerza polí­tica de los tra­ba­ja­do­res acti­vos, que empren­der refor­mas pro­fun­das para mejo­rar la efi­cien­cia admi­nis­tra­tiva o com­ba­tir posi­bles actos de corrup­ción. A eso se suma otra inquie­tud por las ver­sio­nes sobre inten­tos de con­ven­cer o pre­sio­nar a diri­gen­tes sin­di­ca­les para que acep­ten medi­das que los tra­ba­ja­do­res recha­zan. Si algo ha que­dado claro en esta dis­cu­sión, es que los jubi­la­dos están aten­tos y vigi­lan­tes. Saben que cual­quier deci­sión tomada a sus espal­das podría tener con­se­cuen­cias direc­tas sobre su patri­mo­nio y sobre su cali­dad de vida. La vigi­lan­cia ciu­da­dana será fun­da­men­tal. Los pro­pios pen­sio­na­dos han comen­zado a orga­ni­zarse para veri­fi­car que sus repre­sen­tan­tes actúen real­mente en defensa de sus inte­re­ses y no cedan ante pre­sio­nes polí­ti­cas o admi­nis­tra­ti­vas. La con­fianza en los lide­raz­gos sin­di­ca­les se cons­truye defen­diendo a los tra­ba­ja­do­res, no nego­ciando dere­chos que per­te­ne­cen a miles de fami­lias. Tam­bién es impor­tante recor­dar que las enti­da­des fede­ra­ti­vas cuen­tan con auto­no­mía en el ámbito de sus com­pe­ten­cias. Los esta­dos for­man parte de la fede­ra­ción, pero con­ser­van facul­ta­des pro­pias que son ejer­ci­das a tra­vés de sus pode­res cons­ti­tu­cio­na­les, par­ti­cu­lar­mente mediante los con­gre­sos loca­les. Cual­quier modi­fi­ca­ción rela­cio­nada con sis­te­mas de pen­sio­nes debe res­pe­tar el marco jurí­dico esta­tal y los dere­chos pre­via­mente reco­no­ci­dos. Nadie dis­cute que los sis­te­mas pen­sio­na­rios enfren­tan desa­fíos finan­cie­ros impor­tan­tes. Es un pro­blema que existe en prác­ti­ca­mente todo el país. Sin embargo, la solu­ción no puede cons­truirse sobre la incer­ti­dum­bre jurí­dica, ni sobre la afec­ta­ción de per­so­nas que ya cum­plie­ron con todos los requi­si­tos que la ley les exi­gió. Cuando se vul­ne­ran dere­chos adqui­ri­dos, se rompe la con­fianza en las ins­ti­tu­cio­nes. Si un tra­ba­ja­dor observa que las reglas pue­den cam­biar des­pués de haber cum­plido con ellas durante déca­das, el men­saje para las nue­vas gene­ra­cio­nes es devas­ta­dor. La segu­ri­dad jurí­dica deja de exis­tir y el com­pro­miso con el ser­vi­cio público pierde uno de sus prin­ci­pa­les incen­ti­vos. Los jubi­la­dos no están pidiendo pri­vi­le­gios. Exi­gen algo mucho más sim­ple, que se res­pete la ley. Que se res­pe­ten los acuer­dos bajo los cua­les tra­ba­ja­ron durante toda una vida. Que se reco­nozca el esfuerzo de quie­nes con­tri­bu­ye­ron al fun­cio­na­miento del Estado durante déca­das. En una socie­dad demo­crá­tica, los dere­chos no se some­ten a nego­cia­ción polí­tica cuando ya han sido legí­ti­ma­mente adqui­ri­dos. Podrán dis­cu­tirse nue­vos mode­los para el futuro, podrán revi­sarse esque­mas para las pró­xi­mas gene­ra­cio­nes, pero lo que ya per­te­nece legal­mente a los jubi­la­dos debe per­ma­ne­cer intacto, por­que al final, más allá de cual­quier cál­culo finan­ciero o polí­tico, existe una ver­dad ele­men­tal que no debe­ría olvi­darse, que los dere­chos adqui­ri­dos no se rega­tean, no se nego­cian y mucho menos se arre­ba­tan. ¿No cree usted? Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.