Una reflexión íntima sobre las heridas familiares, la música y el difícil camino hacia la comprensión.Con sus modos, mi jefecita me mandó a ver al viejo y acá estoy, intentando platicar con él en esta cama de piedra tan incómoda donde reposa. A mi papá siempre le gustó la mala vida, para que es más que la verdad, pero tenía muy buen humor y eso le ayudaba a lidiar con sus achaques y los remordimientos de una existencia desmadrosa que nunca tuvo más compromisos que con la música y la parranda. Bastaba que agarrara su violín y hasta lo hacía chillar de tanto rasgar la primera cuerda con sus florilegios desenfrenados de Paganini que tocaba huapangos, polcas y sones. Él era un mariachi de los buenos. Al viejo le gustaba Cuco Sánchez, ese charro chaparro, poeta y campesino, que escribía canciones de amor y muerte: 'De piedra ha de ser la cama / de piedra la cabecera / la mujer que a mí me quiera / me ha de querer de a deveras, ay, ay, ay'... también se emocionaba con los versos tristones de 'Grítenme piedras del Campo': 'Soy como el viento que sopla / alrededor de este mundo / anda entre muchos placeres / anda entre muchos placeres / pero no es suyo ninguno'. Mi jefe era un artista pleno, muy apasionado y chingón en la ejecución de su violín. Le encantaba la música clásica y se daba vuelo interpretando Czardas de Monti o el Canto del Canario... a mí me gustaba mucho cómo le salía la Bikina, pero lo que mejor recuerdo son aquellas tardes en casa a la que llegaban dos o tres compañeros suyos a hacer una tocada familiar y nos divertíamos de lo lindo con la alegría de la vihuela del maestro Porfirio o el pichicateado juguetón que el compadre Efrén le sacaba a su trompeta. Verdá de Dios que en esos días hasta a mi mamá le gustaba la música que tocada mi jefecito, y tengo la sensación de que era porque ellos todavía se querían. Mi jefe era muy guapo y con el traje de charro se veía muy varonil, y mi mamá era un mujerón hermoso cuyo carácter volado no toleraba a los hombres 'apañalados'. Eso nos lo dejó muy claro a todos el día que le dio salida a mi pobre viejo. Me dolió pero no la juzgo pues mi papá debió pensar que cuando tienes una familia ya no sólo es tocar por gusto, hay que chingarle para mantener a los hijos. Pero de eso él no sabía mucho. Cada que mi jefa le exigía que cumpliera con sus obligaciones él nadamás se ponía serio, agarraba su violín y se iba con su música a otra parte. Ya en la calle lo de menos era meterse a tocar a una cantina y de ahí no regresaba a la casa en varios días. Me consta que su música hacía felices a muchos, menos a nosotros, sus hijos, ni a mi querida jefecita que se las arreglaba para mantenernos y no perder los estribos cada vez que alguno de nosotros preguntaba por mi papá. Carita triste incluida. Como las ausencias se fueron prolongando llegó el día en que todo se volvió normal y ya no preguntábamos por él. Y estuvo bien porque la jefa ya no tenía paciencia para lidiar con niños 'apañalados' que le señalaran sus errores de juicio. Ayer que fui a verla para pedirle que me invitara de desayunar, en la plática salió aquel recuerdo de cuando de niño le dije que me gustaría aprender a tocar el violín como mi papá y ella me mandó derechito a la chingada con el argumento de que para qué iba a querer otro músico desobligado y borracho en la familia. A la pobrecita se le atragantó el café con el recuerdo y se le llenaron los ojitos de lágrimas por lo que llamó las puñaladas de la vida. Me cagoteó por recordar la anécdota y me echó un sermón que Dios sabe respeto porque tiene razón y motivos para pedirme un poco de responsabilidad aún a estas altura de mi vida que ya estoy viejo. La jefa me pidió que recordara cómo murió en mis brazos mi papá, todo cansado y deshilachado como trapo viejo de tantos excesos y una vida irresponsable. ¿No te duele ni tantito el corazón de haber visto a tu padre morir perdido en esa inconsciencia que lo arrinconó en una soledad tan horrible, indigna de una vida dada por el amor de sus padres y la voluntad de Dios?, me dijo mi jefecita. Yo, con mis pobres entenderas, no alcancé a dimensionar la sabiduría de su reproche ni la intención bendita de su pregunta. Lo entiendo ahora que estoy ante la tumba de mi viejo, y por eso al fin pude llorar ante esta cama de piedra llena de moho que cobija sus restos y da la imagen exacta de esa canción que habla de una cruz de olvido. Aquí recuerdo con qué melancolía cantaba él 'La Leña de Pirul' y pienso que quizá en su corazón entendía que sólo era una piedra de tropiezo en nuestras vidas y un espíritu sin propósito, como la leña de pirul, que no sirve ni pa'arder, nomás para hacer llorar. Sí, lloro, pero es más por el dolor de mi madre que por la paz de mi papá. Sé que él, acorde a sus sinsentidos, se la está pasando a toda madre ahí donde esté, pero ella ha vivido una vida muy amarga después de que él se fue y quedé yo con mis vicios. Terminando el desayuno, y ante la tembladera de la cruda que no me he podido curar, y que ella observó avergonzada, sólo pude decirle a mi jefa con el tono irreflexivo que bien podría ser el de mi papá: Mira, tú no querías que yo fuera músico para que no me volviera borracho, y me diste estudios para ser alguien en la vida, pero acá me tienes: no soy músico pero sí borracho. Aunque sea a medias te cumplí. Con sus maneras, mi jefecita me mandó a chingar a mi padre. Y aquí estoy... pero no sé qué decirle. (con cariño para mi querido hermano el panda por esta nueva vida que duele pero es de verdad). ¡Ay, dolor! La verdad es que mi papá, don Luis, era un poquito desatendido. Nosotros somos hijos de su segunda familia, por así decirlo, y quizá por eso él siempre fue muy desapegado no solamente de mi mamá sino de nosotros. Venía a vernos cada semana o cada mes, dependiendo de su hambre o ganas de pelear pues nomás llegaba a comer o hacer enojar a mi mamá. Me duele recordar que más de una vez desee que él ya no regresara -me daban ganas, pues-, pero se me quitaron por la idea de repetir aquella única vez que me llevó a una feria de esas que ponen en las colonias. Ese día se subió conmigo a los carros chocones, me compró golosinas y me trajo de aquí para allá. Realmente ese es el recuerdo más bonito que tengo de él y, sí, obviamente, por el hecho de ser mi papá yo lo quería; no un montón, pero sí sinceramente aunque el cabrón dejaba mucho que desear como padre y esposo. Ya de grande lo veía poco pero siempre me enteraba de sus cosas, sobre todo las malas, como cuando caía en cama por descuidarse la diabetes y no atenderse. Lo pienso y me da rabia y también pena pues esas actitudes tan irresponsables yo la estoy repitiendo. A mí también me tiran muy feo los subidones de azúcar y esa suerte de valemadrismo por la vida que intento expulsar de mi cuerpo con la chingada tos que me produce el tabaquismo pero que regresa en el aire angustiante de mi mala respiración. Cuando estoy en mis crisis lloro de pena por recordar esos días de mi papá en cama y casi siento que soy yo repitiendo sus errores en cosas que duelen mucho y lastiman a gente que nos ama. Él terminó ciego y sometido a horribles dialisis, entre otros dolores, y aunque en su momento supe que le iban a quitar la vesícula al final ya no quise enterarme de más pues sentía que su indiferencia de padre no merecía mi atención de hijo. Un día en que decidí ir a verlo al hospital para darle la noticia del nacimiento de mi hija, un miedo me paralizó y me hizo dudar en hacer la visita; supuse que tal vez la consciencia me estaba advirtiendo algo. Pensé en que sería incómodo verlo y charlar de asuntos tan personales que él tal vez no valoraría o no merecería saber, pero aunque sentí que me expondría emocionalmente decidí verlo y aprovechar para decirle otras cosas que llevaban un deseo de perdón y reconciliación al menos de mi parte, pero a la hora buena no se las dije por pena y me autoconvencí que habría más tiempo para ello. Ahora se que el tiempo tiene sus maneras de operar y modificar los planes, aún los más nobles. Un día me llamaron al trabajo y me dijeron que mi viejo nuevamente estaba hospitalizado y pedía que lo fuera a ver. Llegué muy tranquilo, sin ninguna preocupación, pensando en retomar la charla pendiente y soltar de una vez esos viejos remordimientos que ya sólo estorbaban en la cotidianidad de mi nueva vida olorosa a bebé. Llegué y él ya no estaba. Fui a su casa y recibí la sorpresa de que lo estaban velando... y yo, que nunca pude decirle nada sincero, tampoco pude llorarlo. Eso de dejarle las cosas al tiempo es una pendejada que lo único que enseña es a construír remordimientos. Con mis hijas y mi mamá lo recordamos y se me atora algo en el pecho, un hálito de amargura que me oprime con fuerza hasta lastimarme físicamente y pienso que aunque quiero desahogarme nomás no me sale. Cuando veo a los ojos a mis nenas siento sus miradas llenas de amor y reproches y pienso que así veía yo a mi papá, lo cual me confunde pues no sé cómo separar lo dulce de lo amargo, ni cómo enseñarles a verme diferente. Tampoco sé cómo cambiar la imagen de mi papá. Hoy entiendo que realmente lo quise mucho pero siempre me resistí a aceptarlo, y si bien es cierto que desgraciadamente él no predicó con el ejemplo, reconozco que sus omisiones construyeron enseñanzas nítidas: yo no soy él por lo tanto no tengo por qué ser como él. Y en esas ando. Deseo ser mejor persona pero no es fácil porque soy muy parecido a mi padre en todo. Necesito resolverlo porque, por lo pronto, un dolor horrible apareció en mi pulmón y me está jodiendo mucho.
Verde Limón: A ¡ chingar a su padre!
Escrito el 21/06/2026
JLimon


