Vivencias Ciudadanas: ¿Desarrollo o destrucción? el futuro ambiental de Cuernavaca

Escrito el 19/06/2026
TEODORO LAVÍN LEÓN

Una vez más, los lla­ma­dos desa­rro­llos inmo­bi­lia­rios vuel­ven a colo­carse en el cen­tro de la dis­cu­sión pública. El argu­mento de siem­pre es el mismo: cre­ci­miento, inver­sión, empleos y moder­ni­dad. Sin embargo, detrás de muchos de estos pro­yec­tos se esconde la rea­li­dad que pocas veces se quiere reco­no­cer de la des­truc­ción sis­te­má­tica de nues­tro patri­mo­nio natu­ral para bene­fi­cio de unos cuan­tos. Los more­len­ses ya hemos visto esta his­to­ria antes. Basta recor­dar lo ocu­rrido en lo que hoy cono­ce­mos como Ahuat­lán. Lo que durante años fue­ron exten­sas áreas de selva baja cadu­ci­fo­lia ter­minó con­ver­tido en frac­cio­na­mien­tos, calles y cons­truc­cio­nes que modi­fi­ca­ron para siem­pre el pai­saje natu­ral. Cien­tos de hec­tá­reas desa­pa­re­cie­ron bajo el con­creto y el asfalto. Los bene­fi­cia­dos fue­ron unos cuan­tos inver­sio­nis­tas y pro­pie­ta­rios que mul­ti­pli­ca­ron sus ganan­cias, mien­tras la socie­dad asu­mió los cos­tos ambien­ta­les. La selva baja cadu­ci­fo­lia no es un terreno bal­dío espe­rando ser urba­ni­zado. Es uno de los eco­sis­te­mas más impor­tan­tes y repre­sen­ta­ti­vos de More­los. Alberga una enorme diver­si­dad de flora y fauna, muchas espe­cies endé­mi­cas y una riqueza bio­ló­gica que difí­cil­mente puede recu­pe­rarse una vez des­truida. Ade­más, cum­ple fun­cio­nes esen­cia­les para la regu­la­ción del clima, la cap­ta­ción de agua y la con­ser­va­ción de los sue­los. Cada árbol derri­bado, cada cerro des­mon­tado y cada área verde sus­ti­tuida por con­creto repre­sen­tan una pér­dida irre­ver­si­ble para las futu­ras gene­ra­cio­nes. Lo más preo­cu­pante es que segui­mos obser­vando la misma lógica de desa­rro­llo de hace déca­das, una visión que con­si­dera a la natu­ra­leza como un obs­tá­culo para los nego­cios y no como un activo indis­pen­sa­ble para la vida. La ciu­dad de Cuer­na­vaca ya enfrenta gra­ves pro­ble­mas ambien­ta­les. El cre­ci­miento urbano desor­de­nado ha pro­vo­cado la dis­mi­nu­ción de áreas ver­des, el aumento de las tem­pe­ra­tu­ras, la reduc­ción de zonas de infil­tra­ción de agua y una pre­sión cada vez mayor sobre los ser­vi­cios públi­cos. Las barran­cas, que debe­rían ser orgu­llo y patri­mo­nio natu­ral de la ciu­dad, se encuen­tran en muchos casos con­ta­mi­na­das o inva­di­das. A pesar de ello, con­ti­núan apa­re­ciendo pro­yec­tos que pre­ten­den ocu­par las pocas reser­vas eco­ló­gi­cas que aún sobre­vi­ven; éstos se pre­sen­tan como opor­tu­ni­da­des de pro­greso, pero rara vez inclu­yen una dis­cu­sión seria sobre sus impac­tos ambien­ta­les acu­mu­la­dos. Lo que para algu­nos sig­ni­fica una opor­tu­ni­dad de nego­cio, para miles de ciu­da­da­nos puede repre­sen­tar una dis­mi­nu­ción en su cali­dad de vida. La pre­gunta es ine­vi­ta­ble: ¿hasta dónde esta­mos dis­pues­tos a lle­gar? ¿Cuán­tas hec­tá­reas más debe­rán per­derse antes de com­pren­der que el desa­rro­llo urbano no puede seguir avan­zando a costa de la natu­ra­leza? El ver­da­dero pro­greso no con­siste en des­truir nues­tros recur­sos natu­ra­les para gene­rar riqueza inme­diata. El ver­da­dero pro­greso implica encon­trar un equi­li­brio entre cre­ci­miento eco­nó­mico y sus­ten­ta­bi­li­dad. Los gobier­nos tie­nen una enorme res­pon­sa­bi­li­dad en este tema. No basta con exi­gir estu­dios rápi­dos de impacto ambien­tal o rea­li­zar con­sul­tas de trá­mite. Se requiere una visión de largo plazo que colo­que la pro­tec­ción del medio ambiente como una prio­ri­dad estra­té­gica. Las deci­sio­nes que se tomen hoy ten­drán con­se­cuen­cias durante déca­das. Pero la res­pon­sa­bi­li­dad no corres­ponde úni­ca­mente a las auto­ri­da­des. La socie­dad tam­bién debe par­ti­ci­par acti­va­mente. Los ciu­da­da­nos tie­nen dere­cho a cono­cer los pro­yec­tos que afec­tan su entorno, a exi­gir trans­pa­ren­cia en los per­mi­sos otor­ga­dos y a defen­der los espa­cios natu­ra­les que per­te­ne­cen al patri­mo­nio colec­tivo. More­los no puede seguir per­diendo sus áreas ver­des al ritmo actual. Nues­tra riqueza natu­ral ha sido his­tó­ri­ca­mente una de las mayo­res for­ta­le­zas del estado. Fue pre­ci­sa­mente esa com­bi­na­ción de clima, vege­ta­ción y belleza natu­ral la que con­vir­tió a Cuer­na­vaca en la Ciu­dad de la Eterna Pri­ma­vera. Sin embargo, cada nuevo desa­rro­llo mal pla­neado ero­siona un poco más esa iden­ti­dad. Toda­vía esta­mos a tiempo de actuar. Toda­vía exis­ten reser­vas eco­ló­gi­cas que pue­den pro­te­gerse. Toda­vía es posi­ble impul­sar mode­los de desa­rro­llo urbano más res­pon­sa­bles y com­pa­ti­bles con la con­ser­va­ción ambien­tal. Lo que no pode­mos hacer es per­ma­ne­cer indi­fe­ren­tes mien­tras desa­pa­re­cen los últi­mos espa­cios natu­ra­les de nues­tra ciu­dad. La his­to­ria juz­gará a nues­tra gene­ra­ción por las deci­sio­nes que tome en este momento. ¿Ele­gi­re­mos pre­ser­var el patri­mo­nio natu­ral que here­da­mos?, o per­mi­ti­re­mos que la ambi­ción de unos cuan­tos con­ti­núe trans­for­mando en ganan­cias pri­va­das lo que debe­ría ser un legado común para todos los more­len­ses. La defensa de la selva baja cadu­ci­fo­lia no es una causa de ambien­ta­lis­tas radi­ca­les ni de gru­pos mino­ri­ta­rios. Es una obli­ga­ción moral con nues­tros hijos, nues­tros nie­tos y con el futuro mismo de More­los. ¿No cree usted? Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.