Una vez más, los llamados desarrollos inmobiliarios vuelven a colocarse en el centro de la discusión pública. El argumento de siempre es el mismo: crecimiento, inversión, empleos y modernidad. Sin embargo, detrás de muchos de estos proyectos se esconde la realidad que pocas veces se quiere reconocer de la destrucción sistemática de nuestro patrimonio natural para beneficio de unos cuantos. Los morelenses ya hemos visto esta historia antes. Basta recordar lo ocurrido en lo que hoy conocemos como Ahuatlán. Lo que durante años fueron extensas áreas de selva baja caducifolia terminó convertido en fraccionamientos, calles y construcciones que modificaron para siempre el paisaje natural. Cientos de hectáreas desaparecieron bajo el concreto y el asfalto. Los beneficiados fueron unos cuantos inversionistas y propietarios que multiplicaron sus ganancias, mientras la sociedad asumió los costos ambientales. La selva baja caducifolia no es un terreno baldío esperando ser urbanizado. Es uno de los ecosistemas más importantes y representativos de Morelos. Alberga una enorme diversidad de flora y fauna, muchas especies endémicas y una riqueza biológica que difícilmente puede recuperarse una vez destruida. Además, cumple funciones esenciales para la regulación del clima, la captación de agua y la conservación de los suelos. Cada árbol derribado, cada cerro desmontado y cada área verde sustituida por concreto representan una pérdida irreversible para las futuras generaciones. Lo más preocupante es que seguimos observando la misma lógica de desarrollo de hace décadas, una visión que considera a la naturaleza como un obstáculo para los negocios y no como un activo indispensable para la vida. La ciudad de Cuernavaca ya enfrenta graves problemas ambientales. El crecimiento urbano desordenado ha provocado la disminución de áreas verdes, el aumento de las temperaturas, la reducción de zonas de infiltración de agua y una presión cada vez mayor sobre los servicios públicos. Las barrancas, que deberían ser orgullo y patrimonio natural de la ciudad, se encuentran en muchos casos contaminadas o invadidas. A pesar de ello, continúan apareciendo proyectos que pretenden ocupar las pocas reservas ecológicas que aún sobreviven; éstos se presentan como oportunidades de progreso, pero rara vez incluyen una discusión seria sobre sus impactos ambientales acumulados. Lo que para algunos significa una oportunidad de negocio, para miles de ciudadanos puede representar una disminución en su calidad de vida. La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? ¿Cuántas hectáreas más deberán perderse antes de comprender que el desarrollo urbano no puede seguir avanzando a costa de la naturaleza? El verdadero progreso no consiste en destruir nuestros recursos naturales para generar riqueza inmediata. El verdadero progreso implica encontrar un equilibrio entre crecimiento económico y sustentabilidad. Los gobiernos tienen una enorme responsabilidad en este tema. No basta con exigir estudios rápidos de impacto ambiental o realizar consultas de trámite. Se requiere una visión de largo plazo que coloque la protección del medio ambiente como una prioridad estratégica. Las decisiones que se tomen hoy tendrán consecuencias durante décadas. Pero la responsabilidad no corresponde únicamente a las autoridades. La sociedad también debe participar activamente. Los ciudadanos tienen derecho a conocer los proyectos que afectan su entorno, a exigir transparencia en los permisos otorgados y a defender los espacios naturales que pertenecen al patrimonio colectivo. Morelos no puede seguir perdiendo sus áreas verdes al ritmo actual. Nuestra riqueza natural ha sido históricamente una de las mayores fortalezas del estado. Fue precisamente esa combinación de clima, vegetación y belleza natural la que convirtió a Cuernavaca en la Ciudad de la Eterna Primavera. Sin embargo, cada nuevo desarrollo mal planeado erosiona un poco más esa identidad. Todavía estamos a tiempo de actuar. Todavía existen reservas ecológicas que pueden protegerse. Todavía es posible impulsar modelos de desarrollo urbano más responsables y compatibles con la conservación ambiental. Lo que no podemos hacer es permanecer indiferentes mientras desaparecen los últimos espacios naturales de nuestra ciudad. La historia juzgará a nuestra generación por las decisiones que tome en este momento. ¿Elegiremos preservar el patrimonio natural que heredamos?, o permitiremos que la ambición de unos cuantos continúe transformando en ganancias privadas lo que debería ser un legado común para todos los morelenses. La defensa de la selva baja caducifolia no es una causa de ambientalistas radicales ni de grupos minoritarios. Es una obligación moral con nuestros hijos, nuestros nietos y con el futuro mismo de Morelos. ¿No cree usted? Las opiniones vertidas en este espacio son exclusiva responsabilidad del autor y no representan, necesariamente, la política editorial de Grupo Diario de Morelos.
Vivencias Ciudadanas: ¿Desarrollo o destrucción? el futuro ambiental de Cuernavaca
Escrito el 19/06/2026
TEODORO LAVÍN LEÓN


