Alos cuatro años Arturo fue consciente de su primer dolor físico y con ello, apresuradamente, dejó entrar a su vida un sino que lo acompañó por siempre: la conmoción de no entender la razón del dolor ni saber explicarlo. La consciencia lo puso frente a una barrera de enigmas que le impedían discernir causas y efectos, entonces lloraba de frustración y el dolor pasaba a ser secundario; la impotencia de no poder hacerse entender cubría el espectro más amplio de sus prioridades vitales. Y no es que viviera lleno de dolores, en general Arturo era un niño muy sano, pero la intrusión en su consciencia de algo tan perturbador por inexplicable activó en él una inquietud metafísica que condicionó su tierno albedrío. Por eso a los cuatro años, sin saber cómo, dio el primer paso de lo que sería su misión existencial: aprender a comunicarse. Y para ello usó la imaginación que le ayudó a encontrar soluciones o, al menos, razones que él podía gestionar. Para el tema de sus dolencias razonó con sentido común que si él podría sentir el dolor al tocar con el dedo índice la zona afectada de su cuerpo (un raspón en la rodilla, un chipote en la cabeza o una muela infectada), la manera más sencilla de que los demás lo sintieran, según su comprensión de las cosas, era que él los tocara con su dedo y así ellos podrían ayudarlo a superar la molestia. Aunque en realidad lo que más le importaba era la explicación de por qué existía el dolor. Pero como su propuesta sólo causó risas en los demás (así clasificaba con frustración a los miembros de su familia: padres, hermanos, primos y abuelos), el niño razonó que tal vez todos ellos tampoco entendían mucho del tema. Así son los demás, pensó, y se quedó atrapado en esa sentencia que objetivamente no le ayudaba en nada pero le daba espacio para elaborar otras explicaciones mientras aprendía más cosas de la vida. Las cogniciones del Arturo viejo habrían sido de mucha utilidad al espíritu inquisitivo del Arturo niño que pasó su infancia en la confusión por la falta de respuestas y en el caos de sus soluciones creativas que a veces lo llevaban por laberintos propios de pesadillas. En medio de eso fue acumulando heridas que terminaban dándole otro tipo de respuestas (pues finalmente el espacio se llena) y con ellas construyó su autoconcepto: un ojo morado, de alguna pelea infantil en la escuela, le valió el apodo del 'Sapo' con el que lidió toda su vida (además de que tenía los ojos grandes); la boca rota por una bofetada de su padre le hizo reservado y tímido, como el recordatorio de no andar preguntando cosas a lo tonto; un problema de frenillo nunca atendido le hizo pasar muchas vergüenzas en la secundaria pues no pronunciaba correctamente las erres. Condición cruel para su dignidad de poeta que nunca era elegido para los certámenes de poesía. ¿Cómo podrías ganar si dices Gagjik en lugar de Garrik o Gjomeo en lugar de Romeo?, le decía el maestro -cara de pegjoa un frustado Arturo preadolescente. Pero él no se rendía y cada nueva herida le hacía buscar otras soluciones. El maestro, burlón, le sugirió que ensayara con el trabalenguas del Perro de San Roque que no tiene rabo porque Ramón Rodríguez se lo ha robado... y Arturo le hizo caso, convirtiendo la burla en un consejo útil para lidiar con el frenillo durante las interminables noches de su juventud. Con los años aprendió a pronunciar las erres, y se adaptó a la normalidad de los bienhablantes, pero a esas alturas ya había asimilado tantas cicatrices que entendió que así funcionaba el mundo y que hay gente que además de indiferente es cruel. Así que empezó a almacenar sus dolores ahí donde guardaba a sus silencios y el resumen febril de sus intentos por comprender la vida. Y desde ahí, como lo hizo a los cuatro años, comprendió otras cosas. Supo de su capacidad para encontrar soluciones y la de la gente para decepcionarlo. Decidió nunca más esperar nada de los demás. Recordó el día aquel en que se orinó en los pantalones en la escuela. Tenía seis años y nucha vergüenza de llegar orinado a la casa. Y ante el problema que representaba la posibilidad de una nueva humillación ante su madre, buscó una solución y literalmente ésta le cayó del cielo a través de la lluvia. Al salir del aula se metió tímidamente a un chorro de agua que fluía del desagüe de la azotea que era azotada por un aguacero. El agua cayó generosa y aunque Arturo sólo quería mojarse un poco para disimular la mancha de los orines, terminó empapado pero satisfecho de su solución (desde entonces, el niño Arturo ya intuía que la mejor manera de pasar desapercibido es hacerse notar). La regañiza de su mamá fue inevitable, pero en la dignidad de Arturo era preferible ser regañado por un chapuzón que por una orinada. Esa era la lógica de sus soluciones y así administraba cada nueva dificultad, como si una epifanía le hubiera hecho entender el valioso apoyo que le ofrecía la intuición cada vez que aparecía un problema con potencial de herida. A los siete años supo que los niños al nacer tienen siete ángeles y cada año van perdiendo uno hasta quedar con el definitivo que lo habrá de acompañar toda la vida; el famoso ángel de la guarda. Aunque, según la abuela, todos los niños perdían sus ángeles, Arturo experimentó una suerte de orfandad horrible que sólo era superada por la decepción de haberse enterado tan tarde. Y lloró en silencio por la pena de haber desperdiciado seis divinidades. Él, tan necesitado de apoyo y compañía. Ese día algo muy poderoso resonó en su espíritu y lo impulsó a vagar por las calles de su barrio con el instinto agudizado, como quien reta al mundo y presume su albedrío. En algún momento el niño se detuvo en seco, en un puro acto reflejo, para observar fijamente la orilla de una banqueta por la cual corría un leve hilo de agua sucia que arrastraba basura. Ahí estuvo Arturo por 20 minutos observando en cuclillas los desechos que circulaban calle abajo por los resquicios de la banqueta. Él sentía lo absurdo de su posición pero una sensación muy particular en el estómago (las mariposas juguetonas que después descubrió con el amor juvenil) le hacían sentir la ansiedad de una premonición (cosa que sólo pudo entender como concepto tras muchos años). Los latidos del corazón aumentaron con tal fuerza que Arturo empezó a sudar y una certeza de algo grande e inefable se apoderó de él... los segundos pasaron lentos y el niño se frotaba las manos en los costados del pantalón para secarse el sudor, pero no quitaba la vista de un punto particular del agua que se movía revolviendo la basura. Y así, con el suspenso al límite propio de una película de misterio, en un momento de puro encantamiento apareció ante sus ojos un hermoso billete de 50 pesos que nacía del agua sucia y llegaba a inaugurar el poder de un niño capaz de hacer prodigios. Ese día Arturo experimentó uno de los momentos más felices de su vida y siempre tuvo claro que el milagro lo produjo el único ángel que desde entonces lo acompaña. Él sólo fue el medio para hacerlo posible. Lamentablemente el arrebato místico duró poco, pues el mundo no valora los milagros y, en el parecer de Arturo, a Dios no le interesó el suyo ni siquiera para validar la reputación del ángel. Los minutos invertidos en el prodigio fueron suficientes para atraer a los Judas que existen en todos los lugares donde hay bondad y multiplicación. Los gemelos Fabián y René, niños de diez años, llevaban a su hermanito Felipe, de cinco, a conocer los vericuetos del barrio y vieron la peculiar escena de un niño recogiendo un billete entre la basura de la calle. Los mozalbetes mayores, sin mediar más motivación que el puro reflejo abusivo de aprovecharse de la debilidad de un eslabón de la cadena, le arrebataron el billete a Arturo y salieron huyendo burlándose de él. Entre los dos se llevaron de 'palomita' a Felipe, que reía a carcajadas. A Arturo no le dolió el robo, pues el dinero por sí mismo no le interesaba y estaba seguro que podría hacer aparecer más si se lo proponía, pero le decepcionó no haber tenido tiempo de asimilar el proceso para medianamente entenderlo, y le irritó sobremanera constatar nuevamente la maldad de los demás, esta vez representados por unos chamacos cabrones que echaron a perder la manifestación tan linda de un ángel. Aceptó la situación pero se negó a convertirla en una nueva herida. A esas alturas de su breve vida ya estaba muy curtido con los temas del dolor y decidió que esta vez el significado que le daría tendría un matiz diferente pues no se permitiría victimizarse. Pasaron tres años para cerrar ese episodio extraño de su vida. Deliberadamente lo clasificó en su inventario como una oportunidad y se autoconvenció que era lo mejor para no vivir como víctima ni sentir remordimientos por lo que, en consciencia, había decidido hacer para equilibrar las cosas en cuanto se presentara la oportunidad. Una tarde, tras mucho rondar por el barrio aquel de la banqueta milagrosa, finalmente pudo encontrar a uno de los vagos que le quitaron el billete: Felipe, el más pequeño de aquel trío de ladrones que lo despojó de su billete. Como la complexión de Arturo, ya de diez años, era mayor que la del raterillo enclenque, lo sometió fácilmente y con amenazas reforzadas por un cuchillo obligó al niño a acompañarlo a un lote baldío. Asustado, Felipe quiso saber de qué se trataba el asunto pero Arturo no estaba para dar explicaciones. Llegando al lugar que eligió para ajustar cuentas con el imberbe delincuente, sacó de la bolsa del pantalón dos billetes de diez pesos y le dijo a su rehén que como sabía que le gustaba el dinero él le iba a regalar lo que tenía en la mano. 'Pero te lo vas a tragar', le advirtió. Sumergió los billetes entre los detritus de una coladera abierta del drenaje que pasaba por el lugar y así, llenos de pudrición, los puso en la cara del niño ladrón para que se los comiera. En principio Felipe se negaba a hacerlo pero Arturo le dio una bofetada tan violenta que lo tiró al piso. Ahí lo pateó arteramente y después lo sujetó de los pelos para levantarlo y obligarlo a comerse los billetes, esta vez amenazándolo con el cuchillo. Temblando de miedo el niño intentaba obedecer, pero el olor a podrido le revolvía el estómago y le producía arcadas violentas. Se puso a llorar, pero Arturo, implacable, tomó los billetes y a la fuerza se los metió en la boca para obligarlo a tragárselos. Lo sostuvo por la espalda para impedir que los escupiera, pero en el forcejeo un espasmo violento de la víctima los impulsó a los dos y cayeron al piso. Felipe se retorcía en el suelo como si tuviera un ataque epiléptico, su rostro era un puro rictus de miedo; Arturo se asustó pero se levantó y salió corriendo. Frente al espejo envejecido de su vida Arturo comprendió que, finalmente, desde ese lejano día muchas cosas cobraron sentido. Y volvió a ser el 'Sapo' al recordar al ladrón de billetes vomitando mierda. Muchos años después asimiló el significado más claro y a la vez el más difícil de sobrellevar: la mayoría de la gente no empatiza con el dolor y normalmente se evade con frivolidades de gurús o chamanes que les anestesian la vida. Hay otros que soportan umbrales arteros que les deforman el espíritu e imprimen en sus vidas esos grises melancólicos de soledad o miedo. Frente al espejo, Arturo llegó a atisbar una mirada cínica llena de desprecio y pensó en que sus ojos proyectaban indiferencia y un tipo de crueldad con la que no se sentía cómodo. Era una tortura ver su reflejo. Muchas veces, en las horas oscuras de su vejez, Arturo reconoció que el único poder que alguna vez tuvo su vida fue la intuición y el contacto que hacía con su yo niño. Un tipo de inocencia que vence las sombras; curiosidad legítima que no juzga; alegría por la vida; amor puro; fantasía desbordante... y el autoconvecimiento de obrar prodigios. Aunque inocentes a veces, vidalita, qué malos somos de niños'. 'Rosa Leyes el indio' Alberto Cortéz
Verde Limón: Las Heridas Del SAPO
Escrito el 03/05/2026
JLimon


