Verde Limón: Las Heri­das Del SAPO

Escrito el 03/05/2026
JLimon

Alos cua­tro años Arturo fue cons­ciente de su pri­mer dolor físico y con ello, apre­su­ra­da­mente, dejó entrar a su vida un sino que lo acom­pañó por siem­pre: la con­mo­ción de no enten­der la razón del dolor ni saber expli­carlo. La cons­cien­cia lo puso frente a una barrera de enig­mas que le impe­dían dis­cer­nir cau­sas y efec­tos, enton­ces llo­raba de frus­tra­ción y el dolor pasaba a ser secun­da­rio; la impo­ten­cia de no poder hacerse enten­der cubría el espec­tro más amplio de sus prio­ri­da­des vita­les. Y no es que viviera lleno de dolo­res, en gene­ral Arturo era un niño muy sano, pero la intru­sión en su cons­cien­cia de algo tan per­tur­ba­dor por inex­pli­ca­ble activó en él una inquie­tud meta­fí­sica que con­di­cionó su tierno albe­drío. Por eso a los cua­tro años, sin saber cómo, dio el pri­mer paso de lo que sería su misión exis­ten­cial: apren­der a comu­ni­carse. Y para ello usó la ima­gi­na­ción que le ayudó a encon­trar solu­cio­nes o, al menos, razo­nes que él podía ges­tio­nar. Para el tema de sus dolen­cias razonó con sen­tido común que si él podría sen­tir el dolor al tocar con el dedo índice la zona afec­tada de su cuerpo (un ras­pón en la rodi­lla, un chi­pote en la cabeza o una muela infec­tada), la manera más sen­ci­lla de que los demás lo sin­tie­ran, según su com­pren­sión de las cosas, era que él los tocara con su dedo y así ellos podrían ayu­darlo a supe­rar la moles­tia. Aun­que en rea­li­dad lo que más le impor­taba era la expli­ca­ción de por qué exis­tía el dolor. Pero como su pro­puesta sólo causó risas en los demás (así cla­si­fi­caba con frus­tra­ción a los miem­bros de su fami­lia: padres, her­ma­nos, pri­mos y abue­los), el niño razonó que tal vez todos ellos tam­poco enten­dían mucho del tema. Así son los demás, pensó, y se quedó atra­pado en esa sen­ten­cia que obje­ti­va­mente no le ayu­daba en nada pero le daba espa­cio para ela­bo­rar otras expli­ca­cio­nes mien­tras apren­día más cosas de la vida. Las cog­ni­cio­nes del Arturo viejo habrían sido de mucha uti­li­dad al espí­ritu inqui­si­tivo del Arturo niño que pasó su infan­cia en la con­fu­sión por la falta de res­pues­tas y en el caos de sus solu­cio­nes crea­ti­vas que a veces lo lle­va­ban por labe­rin­tos pro­pios de pesa­di­llas. En medio de eso fue acu­mu­lando heri­das que ter­mi­na­ban dán­dole otro tipo de res­pues­tas (pues final­mente el espa­cio se llena) y con ellas cons­truyó su auto­con­cepto: un ojo morado, de alguna pelea infan­til en la escuela, le valió el apodo del 'Sapo' con el que lidió toda su vida (ade­más de que tenía los ojos gran­des); la boca rota por una bofe­tada de su padre le hizo reser­vado y tímido, como el recor­da­to­rio de no andar pre­gun­tando cosas a lo tonto; un pro­blema de fre­ni­llo nunca aten­dido le hizo pasar muchas ver­güen­zas en la secun­da­ria pues no pro­nun­ciaba correc­ta­mente las erres. Con­di­ción cruel para su dig­ni­dad de poeta que nunca era ele­gido para los cer­tá­me­nes de poe­sía. ¿Cómo podrías ganar si dices Gag­jik en lugar de Garrik o Gjo­meo en lugar de Romeo?, le decía el maes­tro -cara de peg­joa un frus­tado Arturo prea­do­les­cente. Pero él no se ren­día y cada nueva herida le hacía bus­car otras solu­cio­nes. El maes­tro, bur­lón, le sugi­rió que ensa­yara con el tra­ba­len­guas del Perro de San Roque que no tiene rabo por­que Ramón Rodrí­guez se lo ha robado... y Arturo le hizo caso, con­vir­tiendo la burla en un con­sejo útil para lidiar con el fre­ni­llo durante las inter­mi­na­bles noches de su juven­tud. Con los años apren­dió a pro­nun­ciar las erres, y se adaptó a la nor­ma­li­dad de los bien­ha­blan­tes, pero a esas altu­ras ya había asi­mi­lado tan­tas cica­tri­ces que enten­dió que así fun­cio­naba el mundo y que hay gente que ade­más de indi­fe­rente es cruel. Así que empezó a alma­ce­nar sus dolo­res ahí donde guar­daba a sus silen­cios y el resu­men febril de sus inten­tos por com­pren­der la vida. Y desde ahí, como lo hizo a los cua­tro años, com­pren­dió otras cosas. Supo de su capa­ci­dad para encon­trar solu­cio­nes y la de la gente para decep­cio­narlo. Deci­dió nunca más espe­rar nada de los demás. Recordó el día aquel en que se orinó en los pan­ta­lo­nes en la escuela. Tenía seis años y nucha ver­güenza de lle­gar ori­nado a la casa. Y ante el pro­blema que repre­sen­taba la posi­bi­li­dad de una nueva humi­lla­ción ante su madre, buscó una solu­ción y lite­ral­mente ésta le cayó del cielo a tra­vés de la llu­via. Al salir del aula se metió tími­da­mente a un cho­rro de agua que fluía del desa­güe de la azo­tea que era azo­tada por un agua­cero. El agua cayó gene­rosa y aun­que Arturo sólo que­ría mojarse un poco para disi­mu­lar la man­cha de los ori­nes, ter­minó empa­pado pero satis­fe­cho de su solu­ción (desde enton­ces, el niño Arturo ya intuía que la mejor manera de pasar desa­per­ci­bido es hacerse notar). La rega­ñiza de su mamá fue ine­vi­ta­ble, pero en la dig­ni­dad de Arturo era pre­fe­ri­ble ser rega­ñado por un cha­pu­zón que por una ori­nada. Esa era la lógica de sus solu­cio­nes y así admi­nis­traba cada nueva difi­cul­tad, como si una epi­fa­nía le hubiera hecho enten­der el valioso apoyo que le ofre­cía la intui­ción cada vez que apa­re­cía un pro­blema con poten­cial de herida. A los siete años supo que los niños al nacer tie­nen siete ánge­les y cada año van per­diendo uno hasta que­dar con el defi­ni­tivo que lo habrá de acom­pa­ñar toda la vida; el famoso ángel de la guarda. Aun­que, según la abuela, todos los niños per­dían sus ánge­les, Arturo expe­ri­mentó una suerte de orfan­dad horri­ble que sólo era supe­rada por la decep­ción de haberse ente­rado tan tarde. Y lloró en silen­cio por la pena de haber des­per­di­ciado seis divi­ni­da­des. Él, tan nece­si­tado de apoyo y com­pa­ñía. Ese día algo muy pode­roso resonó en su espí­ritu y lo impulsó a vagar por las calles de su barrio con el ins­tinto agu­di­zado, como quien reta al mundo y pre­sume su albe­drío. En algún momento el niño se detuvo en seco, en un puro acto reflejo, para obser­var fija­mente la ori­lla de una ban­queta por la cual corría un leve hilo de agua sucia que arras­traba basura. Ahí estuvo Arturo por 20 minu­tos obser­vando en cucli­llas los dese­chos que cir­cu­la­ban calle abajo por los res­qui­cios de la ban­queta. Él sen­tía lo absurdo de su posi­ción pero una sen­sa­ción muy par­ti­cu­lar en el estó­mago (las mari­po­sas jugue­to­nas que des­pués des­cu­brió con el amor juve­nil) le hacían sen­tir la ansie­dad de una pre­mo­ni­ción (cosa que sólo pudo enten­der como con­cepto tras muchos años). Los lati­dos del cora­zón aumen­ta­ron con tal fuerza que Arturo empezó a sudar y una cer­teza de algo grande e ine­fa­ble se apo­deró de él... los segun­dos pasa­ron len­tos y el niño se fro­taba las manos en los cos­ta­dos del pan­ta­lón para secarse el sudor, pero no qui­taba la vista de un punto par­ti­cu­lar del agua que se movía revol­viendo la basura. Y así, con el sus­penso al límite pro­pio de una pelí­cula de mis­te­rio, en un momento de puro encan­ta­miento apa­re­ció ante sus ojos un her­moso billete de 50 pesos que nacía del agua sucia y lle­gaba a inau­gu­rar el poder de un niño capaz de hacer pro­di­gios. Ese día Arturo expe­ri­mentó uno de los momen­tos más feli­ces de su vida y siem­pre tuvo claro que el mila­gro lo pro­dujo el único ángel que desde enton­ces lo acom­paña. Él sólo fue el medio para hacerlo posi­ble. Lamen­ta­ble­mente el arre­bato mís­tico duró poco, pues el mundo no valora los mila­gros y, en el pare­cer de Arturo, a Dios no le inte­resó el suyo ni siquiera para vali­dar la repu­ta­ción del ángel. Los minu­tos inver­ti­dos en el pro­di­gio fue­ron sufi­cien­tes para atraer a los Judas que exis­ten en todos los luga­res donde hay bon­dad y mul­ti­pli­ca­ción. Los geme­los Fabián y René, niños de diez años, lle­va­ban a su her­ma­nito Felipe, de cinco, a cono­cer los veri­cue­tos del barrio y vie­ron la pecu­liar escena de un niño reco­giendo un billete entre la basura de la calle. Los mozal­be­tes mayo­res, sin mediar más moti­va­ción que el puro reflejo abu­sivo de apro­ve­charse de la debi­li­dad de un esla­bón de la cadena, le arre­ba­ta­ron el billete a Arturo y salie­ron huyendo bur­lán­dose de él. Entre los dos se lle­va­ron de 'palo­mita' a Felipe, que reía a car­ca­ja­das. A Arturo no le dolió el robo, pues el dinero por sí mismo no le inte­re­saba y estaba seguro que podría hacer apa­re­cer más si se lo pro­po­nía, pero le decep­cionó no haber tenido tiempo de asi­mi­lar el pro­ceso para media­na­mente enten­derlo, y le irritó sobre­ma­nera cons­ta­tar nue­va­mente la mal­dad de los demás, esta vez repre­sen­ta­dos por unos cha­ma­cos cabro­nes que echa­ron a per­der la mani­fes­ta­ción tan linda de un ángel. Aceptó la situa­ción pero se negó a con­ver­tirla en una nueva herida. A esas altu­ras de su breve vida ya estaba muy cur­tido con los temas del dolor y deci­dió que esta vez el sig­ni­fi­cado que le daría ten­dría un matiz dife­rente pues no se per­mi­ti­ría vic­ti­mi­zarse. Pasa­ron tres años para cerrar ese epi­so­dio extraño de su vida. Deli­be­ra­da­mente lo cla­si­ficó en su inven­ta­rio como una opor­tu­ni­dad y se auto­con­ven­ció que era lo mejor para no vivir como víc­tima ni sen­tir remor­di­mien­tos por lo que, en cons­cien­cia, había deci­dido hacer para equi­li­brar las cosas en cuanto se pre­sen­tara la opor­tu­ni­dad. Una tarde, tras mucho ron­dar por el barrio aquel de la ban­queta mila­grosa, final­mente pudo encon­trar a uno de los vagos que le qui­ta­ron el billete: Felipe, el más pequeño de aquel trío de ladro­nes que lo des­pojó de su billete. Como la com­ple­xión de Arturo, ya de diez años, era mayor que la del rate­ri­llo enclen­que, lo some­tió fácil­mente y con ame­na­zas refor­za­das por un cuchi­llo obligó al niño a acom­pa­ñarlo a un lote bal­dío. Asus­tado, Felipe quiso saber de qué se tra­taba el asunto pero Arturo no estaba para dar expli­ca­cio­nes. Lle­gando al lugar que eli­gió para ajus­tar cuen­tas con el imberbe delin­cuente, sacó de la bolsa del pan­ta­lón dos bille­tes de diez pesos y le dijo a su rehén que como sabía que le gus­taba el dinero él le iba a rega­lar lo que tenía en la mano. 'Pero te lo vas a tra­gar', le advir­tió. Sumer­gió los bille­tes entre los detri­tus de una cola­dera abierta del dre­naje que pasaba por el lugar y así, lle­nos de pudri­ción, los puso en la cara del niño ladrón para que se los comiera. En prin­ci­pio Felipe se negaba a hacerlo pero Arturo le dio una bofe­tada tan vio­lenta que lo tiró al piso. Ahí lo pateó arte­ra­mente y des­pués lo sujetó de los pelos para levan­tarlo y obli­garlo a comerse los bille­tes, esta vez ame­na­zán­dolo con el cuchi­llo. Tem­blando de miedo el niño inten­taba obe­de­cer, pero el olor a podrido le revol­vía el estó­mago y le pro­du­cía arca­das vio­len­tas. Se puso a llo­rar, pero Arturo, impla­ca­ble, tomó los bille­tes y a la fuerza se los metió en la boca para obli­garlo a tra­gár­se­los. Lo sos­tuvo por la espalda para impe­dir que los escu­piera, pero en el for­ce­jeo un espasmo vio­lento de la víc­tima los impulsó a los dos y caye­ron al piso. Felipe se retor­cía en el suelo como si tuviera un ata­que epi­lép­tico, su ros­tro era un puro ric­tus de miedo; Arturo se asustó pero se levantó y salió corriendo. Frente al espejo enve­je­cido de su vida Arturo com­pren­dió que, final­mente, desde ese lejano día muchas cosas cobra­ron sen­tido. Y vol­vió a ser el 'Sapo' al recor­dar al ladrón de bille­tes vomi­tando mierda. Muchos años des­pués asi­miló el sig­ni­fi­cado más claro y a la vez el más difí­cil de sobre­lle­var: la mayo­ría de la gente no empa­tiza con el dolor y nor­mal­mente se evade con fri­vo­li­da­des de gurús o cha­ma­nes que les anes­te­sian la vida. Hay otros que sopor­tan umbra­les arte­ros que les defor­man el espí­ritu e impri­men en sus vidas esos gri­ses melan­có­li­cos de sole­dad o miedo. Frente al espejo, Arturo llegó a atis­bar una mirada cínica llena de des­pre­cio y pensó en que sus ojos pro­yec­ta­ban indi­fe­ren­cia y un tipo de cruel­dad con la que no se sen­tía cómodo. Era una tor­tura ver su reflejo. Muchas veces, en las horas oscu­ras de su vejez, Arturo reco­no­ció que el único poder que alguna vez tuvo su vida fue la intui­ción y el con­tacto que hacía con su yo niño. Un tipo de ino­cen­cia que vence las som­bras; curio­si­dad legí­tima que no juzga; ale­gría por la vida; amor puro; fan­ta­sía des­bor­dante... y el auto­con­ve­ci­miento de obrar pro­di­gios. Aun­que ino­cen­tes a veces, vida­lita, qué malos somos de niños'. 'Rosa Leyes el indio' Alberto Cor­téz